VIENTO DE AVELLANAS


Al aproximarse el otoño, cuando comienza la tapecida, suele soplar un viento fresco del noroeste que los aldeanos llaman de "les ablanes" por anunciar su recogida. Pues bien, lleva unos días soplando. Pronto dará paso al más cálido, por el veranillo, de "les castañes".

Luis Antonio Alías-

El ‘Corylus avellana’, avellano, o ‘ablanu’, árbol generalmente fino y pequeño de hoja caduca, forma parte esencial del bosque bajo atlántico. Lo acompañan tilos, olmos, arces, fresnos, nogales, castaños y robles. También compone biescas solitarias.
El fruto, envoltorio leñoso cordiforme que protege a la semilla, se agrupa dentro de un involucro verde y carnoso denominado ‘garapiellu’ o ‘carapiellu’.
Al final del verano suele iniciarse la mesa o recogida manual, para
luego ‘esbillarlas’, es decir, separarlas y limpiarlas mediante un intenso vareo.
Además de sus cualidades gastronómicas, el avellano espanta y mata a las víboras (por eso se planta en los accesos de fincas y casas), cura sus mordeduras, produce un ‘arfueyu’ especial contra la epilepsia, libera de las brujas y, para buscar manantiales o tesoros subterráneos, proporciona a los zahoríes las ramas más sensibles.
En las esfoyazas integra, con nueces y castañas, la ‘garulla’ o aperitivo que las mozas sentadas colocan pícaramente en el regazo de la falda; el mozo que las coja sin recibir una palmada de rechazo tiene abiertas las puertas del cortejo.

Madrina solariega-
Su importancia inmemorial ha quedado grabada en la toponimia: varias decenas de aldeas y lugares –de Villaviciosa a Salas, de Luarca a Mieres, o de Cangas de Onís a Tineo– tienen por nombre Ablaneda, Ablanedo, Ablano o Ablanosa.
El apellido ‘Ablanedo’, originario de Asturias, se extendió por España e Hispanoamérica. En Allande la Virgen del Avellano, y en Piloña la Virgen de la Cueva, reciben, entre el 7 y 9 de septiembre, la ofrenda de los primeros frutos. Unos frutos que enriquecen el folclore con canciones, ‘cosadielles’ o adivinanzas, y refranes: «Tanto te quiero /que nel cascu d'una ablana /cabe el amor que te tengo»; «Arriba d'aquel monte /hay un arbolín, /en cada caña tien un ñeru, /en cada ñeru un güevín, /en cada güevín un paxarín, /adivina tú, pollín»; «Añu de casquera /añu de nevera»...
También es alma de trenza, ya que la madera, quebradiza y frágil, pero muy flexible, teje cercados, ‘goxes’, ‘macones’ y ‘paxos’.

Emporio de antaño-
Integrante de nuestra dieta desde siempre, su producción y exportación llegó a constituir uno de los substanciales capítulos de la economía regional. Hernán Núñez, recopilador de un libro de proverbios que vio la luz en 1555, incluye entre los asturianos: «El ablano y el cabrón, /en mayo tienen sazón».

En 1712, fray Toribio de Pumarada apunta que «el provecho de los avellanos nadie negará, y mucho más habiendo embarcación comercial a Inglaterra porque los ingleses más llevan la avellana por el tinte que de su casco hacen para paños finos, que no por el grano, y por eso, al mismo precio pagan la sana avellana que la mala, y con estos árboles pues no hay que cesar nunca de criar y plantar».

George Borrow, o familiarmente Jorgito el inglés, autor del imprescindible relato viajero ‘La Biblia en España’, llega a Villaviciosa en 1837. Y la llama capital avellanera de Asturias. Unos lugareños le indican la presencia de barcos comerciales británicos, y le aclaran que «la mala calidad de las avellanas disponibles se debe al embarque de las mejores».

A finales del XIX se habla de producciones superiores a los 2.000.000 de kilogramos, un siglo después no se alcanzan los 150.000 kilogramos.
En realidad fue Gijón el principal puerto exportador, y el Principado, tras Cataluña y especialmente Tarragona, el principal productor hasta mediado el pasado siglo. Injustas restricciones comerciales en beneficio de los catalanes, y abandono de podas y amejoramientos ante la creciente falta de rentabilidad, convirtieron en anecdótica una antigua, arraigada y floreciente industria.

Flor Espina, de Grao, experimentada repostera subraya que «en Belmonte o Somiedo, cuando caen las avellanas cubren los márgenes de las carreteras sin que nadie las recoja», y que «la falta de máquinas para cascarlas, limpiarlas y clasificarlas» obliga a comprarlas fuera. También que «industriales catalanes adquieren avellana asturiana, la llevan, la descascarillan y muelen, y nos la revenden».

Piloña rebosa avellana. Así lo señala el diccionario geográfico de Madoz (1850), y así lo señala igualmente, desde hace XXXVII ediciones, el Festival de la Avellana de Infiesto a celebrar muy pronto. Este festivo encuentro de productores de toda Asturias con una multitudinaria afluencia de público, reafirma en las muchas sacas llenas y bolsas seleccionadas un renacer del cultivo que busca, además del sueño no imposible y sobradamente arropado por la tradición y la historia de la Denominación de Origen. Igual que ocurre con las manzanas o las castañas, abundan las variedades autóctonas: ablana de Amandi, ablana Casina, ablana Espinaredo, ablana Negreta, ablana Quirós, ablana Villaviciosa...
Nutritivas y medicinales
Rica en grasas buenas que reducen el colesterol, en vitaminas A y E que mejoran la vista y actúan de antioxidantes, en fibra, en minerales importantes como el hierro, el magnesio, el yodo, el calcio y el fósforo, bastante baja además en hidratos de carbono, sólo posee la pequeña pega hipercalórica de los frutos secos: cien gramos aportan unas seiscientas cincuenta calorías.
Base de muchas tartas y dulces –carajitos, piloñinos, roquetas–, relleno preferente de chocolates y bombones, integrante de salsas y purés que dan nuevos bríos a pescados y carnes, espíritu de licores, vicio solitario que antaño cascaba una piedra, la plancha de hierro, o –con catastróficos resultados odontológicos– las muelas, quede de final un recuerdo sentido para el personaje asturiano que mejor representó presencialmente las propiedades golosas de la avellana: la avellanera o ‘ablanera’ de feria y romería, abuela empañolada y vestida de negro provista de ‘cestu’, ‘caciplu’ y cucuruchos de papel que la progresiva inflación llevó desde la ‘perrina’ hasta los veinte duros.
Recordemos uno de sus insistentes reclamos: «Venir p'acá que mis ablanes /tan todes gordes y todes sanes. / Y si vos sale d'alguna mala /para arreglalo basta tirala».

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